La comida, la cocina y la manera en que uno come se entienden a día de hoy como parte fundamental de lo que conocemos por cultura: el quehacer humano. En efecto, todo el gran movimiento mundial en pro de la gastronomía es consecuencia de una progresiva toma de conciencia de la trascendencia que tiene la comida en el día a día. Pero más allá de ésta toma de consciencia en torno a lo que comemos, también han surgido varias cuestiones, como: ¿Por qué comemos de una manera determinada o de otra? ¿Por qué debemos comer tal o cual cosa? ¿Por qué no comer determinado alimento? Es decir hay ahora una educación alimentaria (no instaurada al 100%) para que una importante parte de la sociedad se alimente debidamente y se prevengan múltiples enfermedades, que se sabe tienen su origen en la mala alimentación. Esto conduce a que, en la prevención de enfermedades, de alguna manera tenemos que supervisar lo que se come. Y para ello, saber cocinar es fundamental.

Se dice coloquialmente, que los venezolanos somos de “buen diente”. Sin embargo, no existía suficiente interés en los procesos culinarios. Antes, hablar de la cocina molestaba a cualquiera; hasta que alguien demostró lo maravilloso que es cocinar, y de cómo puede ser un placer no sólo comer, sino también cocinar. Si debemos hablar de un precursor, ése es Armando Scannone. Él, con sus libros sobre la cocina venezolana, señaló una ruta que abrió el camino para darnos cuenta de la trascendencia del arte culinario.  Como si fuera poco, un excelente periodista gastronómico, Miro Popic, escribe varios libros sobre el tema. Particularmente importantes son: “El Pastel que somos” y “Comer en Venezuela”. Tiene varios más de mucho interés, pero éstos tocan la esencia de la cultura culinaria en Venezuela. Quien los lea, seguro entenderá cabalmente la trascendencia de la gastronomía dentro la cultura.

Sin embargo, en los tiempos actuales con tanto nivel de estrés y de preocupaciones, no es extraño sentir aversión a la cocina. Entonces surge la pregunta: ¿por qué se siente molestia a la hora de cocinar?  Al revisar la educación de los ancestros femeninos —mujeres brillantes, ambiciosas y trabajadoras—, se observa que les metieron en la cabeza que la cocina era una obligación y que ella se contraponía con una posible realización como profesional, técnico, o artista.

La sola idea de que la obligación principal y la realización personal ocurriría al contraer matrimonio, tener hijos y cocinar a diario para el “maridito” —sin poder hacer otra cosa por iniciativa propia—, nunca llamó la atención de las mujeres que aspiraban a una vida plena profesional.

Todos queremos vivir a plenitud, realizarnos en cualquier aspecto y, por supuesto, también comer bien. Se busca entonces una vida profesional y plena. Pero también, se busca quitar el lastre del acto de cocinar como obligación. Entenderlo como una práctica cultural que se pasa a los hijos, y que compartir la mesa en familia es un acto que aporta en la búsqueda de la plenitud, ayuda a quitar la etiqueta al acto de cocinar  como algo molesto. Es un objetivo que puede producir una supuesta tensión entre las ambiciones profesionales y el disfrute de cocinar, por cuanto uno puede sentir que va hacia delante y hacia atrás; gusta y desagrada; se disfruta cuando algo quedaba bien. Molesta cuando se hace por obligación. Cuestión aparte cuando se empiezan a hacer comidas especiales para Navidad y Año Nuevo, cumpleaños y determinados momentos. El derecho a estar informado juega entonces un rol importante a la hora de mantener el gusto por cocinar, así como también reinterpretar la gastronomía tradicional para hacerla más saludable. Comida, cultura e información, como se ve, van estrechamente unidos.