El refrán sirve de título, refleja una realidad concreta: “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Los camaradas de los procesos revolucionarios, que se creen los inventores del agua tibia, piensan que esos dichos surgidos del pueblo son mentiras, como las que ellos se encargan de escribir y divulgar para su propaganda constante. Sin embargo, nada más cierto que ese antiguo dicho popular. Esos líderes creen que es fácil construir una vez que se ha destruido todo. Siguen aquello de “destruir los aparatos, construir los aparatos”. No saben que la construcción de los aparatos, cuesta desde horas hasta décadas, mientras la destrucción se ejecuta en unos minutos. Este recuento surge de observar los hermosos jardines y huertos comunales que existen en muchas partes de los países desarrollados, especialmente en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, o Alemania. ¿De qué estamos hablando? De jardines y huertos comunitarios realizados en zonas fértiles —y en otras no tan fértiles— por personas sencillas y sensibles. Todo el planeta, al menos el que está consciente, sabe de la terrible hambruna que asola a diferentes regiones. En unas, resulta imposible cultivar por falta de insumos. En otras, las condiciones ambientales —como desiertos y selvas intrincadas— no lo permiten. La falta de agua es una razón, entre muchas otras, que derivan de condiciones climáticas impropias y que dificultan la producción de alimentos. Sin embargo, hay zonas maravillosas, como por ejemplo Venezuela. Su tierra es muy fértil, tanto así que si se lanza una semilla, allí aparece lo que ni siquiera uno imaginaba. Una planta que con pocos cuidados se vuelve un frondoso árbol y da frutos. Sin embargo, la tierra cuando se trata de cultivos a gran escala requiere de trabajo, dedicación, conocimientos y demás. No es “soplar y hacer botellas” como se dice coloquialmente; insisto en que hay que trabajar. Lo que no le gusta a quienes en una oportunidad el brillante y querido Teodoro Petkoff llamó: “grupo de los tírame algo”. No quieren trabajar sino que todo sea un regalo.

¿Trabajar? Sí, es pecado para quienes aspiran que todo se le regale y se lo den por sus caras bonitas (ojo, no solo las mujeres, sino hombres también). Entonces piensan que diciendo “hagamos conucos verticales o huertos verticales” basta con la orden para que como por arte de magia aparezca el jardín con rosas, ajíes, brócolis y tomates. Diría mi abuela, para seguir en la onda de los refranes, “ilusiones de tísico”. Nada se produce solo, hay que trabajar la tierra —con todo lo que implica— y después se recogerán los frutos.

Recordé, ¡Ay de mí!, cuando un presidente —ya difunto—mandaba a preparar los balcones y los corrales —cualquier tierrita— para sembrar y hacernos auto suficientes en materia agroalimentaria. Por supuesto la improvisación, la desinformación y la ignorancia surtían sus palabras de magia; sus seguidores encantados lo escuchaban hablar como quien oye una radionovela. Se acaba, apagas el radio y a otra cosa mariposa. Ni jardines colgantes, ni conucos verticales; mucho menos gallineros. Todo era producto de la fantasía de quienes sueñan con utopías cerradas y no encuentran el verdadero camino de la realización en la vida cotidiana. Así se inventaron construcciones, gasoductos, trenes y oleoductos que atravesarían América para transformar a nuestro país en una potencia. Creo que la mayoría sabe que este cuento se acabó y terminó mal: devastación, ruina y miseria. Por eso sigo con el refrán “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Lo demás es retórica basada en visitar al pasado, pero que no se concreta en acciones concretas y efectivas.