Como siempre, enfrentamos un dilema. Al educar para comer, nos planteamos ¿es posible hacerlo con libertad? Si aplicamos la sentencia del educador brasileño, Paulo Freire, de que “nadie ensena a nadie. Nadie aprende solo. Los hombres, aprenden entre sí, mediante el conocimiento y la práctica del mundo y las cosas”, entenderemos que en efecto, enseñar en libertad implica una audaz meta que es imprescindible en democracia. Para recorrer ese camino de aprender con libertad lo principal es enseñar la posibilidad de elegir entre lo que es bueno y malo para la salud, además de decidir si aceptas lo que te conviene o no. Esto implica un adulto en formación o ya formado.

Desde el punto de vista de una persona rebelde, habrá que buscar la manera de estimularlo para llegar al adulto y ver si es posible educarlo para el buen comer. Sin imposiciones (y mucho menos amenazas) es probable que se logre el entendimiento y la necesidad de seleccionar lo más adecuado para la propia vida.

Es tarea fundamental ser capaces de transmitir a los hijos, los sobrinos, los alumnos, los nietos y a los niños en general la maravilla que significa comer bien, para estar saludables y cumplir con las expectativas y necesidades de llegar a ser un adulto físicamente fuerte y lleno de vitalidad.

Si no nos damos cuenta de la trascendencia que tiene la libertad —desde el punto de vista ético— para un aprendizaje sano, crecedor y auspiciante del desarrollo humano, corremos el riesgo de dejar de lado aspectos que resultan fundamentales. Esto debe ser conducido con el máximo sentido de calidad de vida y propiciar el logro para los seres humanos que transitan por estas vertientes de un aprendizaje democrático. Esto auspiciará  el establecimiento de nexos con la civilización y la cultura.

¿Es posible enseñar democráticamente a comer? La respuesta es sí. La información (dato reductor de incertidumbre) es imprescindible. No es difícil explicarle a los niños desde muy pequeños las ventajas de que tal o cual tipo de alimentación es conveniente y las razones de ello. Popeye, el Marino sigue siendo conocido por su afición a las espinacas. Durante mucho tiempo esas tiras cómicas, objeto de culto para algunas generaciones, nos hacían ver cómo la fuerza del marinero surgía de un poderoso pote de espinacas.   Aprender a comer espinacas sin decir “guácala” y ser capaces de sentir la textura y sabor de la espinaca, no es fácil. Ello requiere de un paladar limpio —en el sentido de ser capaz de no tener el prejuicio de que todo lo verde es incomible— para que a partir de allí comprender que los nutrientes que tienen los vegetales son imprescindibles; que el sabor no es el del dulce; y que efectivamente tiene un sabor diferente y grato. Comienza con un poco de amargor y se siente la textura fuerte de la hoja —en algunos casos peludita—. Saber que tiene hierro, fibras y antioxidantes la hacen más gustosa. ¡Por supuesto amo las espinacas!.