Lo cotidiano fue definido brillantemente por el educador argentino Daniel Pietro Castillo de la siguiente manera: “El entorno inmediato e íntimo”. Es decir, refiere a la vida cotidiana, a aquello que nos rodea, es cercano, y está en la vida diaria. Por otra parte, el gran psiquiatra español Dr. Carlos Castilla del Pino, señala la trascendencia de la rutina. Significa ir por la misma ruta, de manera invariable, y sin darnos cuenta de los cambios que se producen. Sin embargo Heráclito de Éfeso, el gran pensador de la Antigua Grecia, dice que “las aguas del rio que fluye, nunca son las mismas y así ocurre con el pensamiento; cambia, se modifica con el transcurrir”. El Dr. Castilla del Pino, hace el parangón con esa rutina y señala lo que ocurre: la mayoría no se da cuenta de los cambios en la ruta, no observa esas pequeñas modificaciones que ocurren en la vía, y lo cree rutina, sin más.

¿Hay algo más rutinario que la comida que a veces hacemos casi sin pensar en lo que estamos comiendo, de manera automática? Si nos damos cuenta, comer varias veces al día (tres, sí se puede) como algo inevitable y necesario se puede transformar en algo rutinario. El no tener qué comer —situación antes inaudita y hoy más posible en estos tiempos de migraciones, hiperinflación y pandemia— puede también volverse una rutina. El estómago ruge, como si fuera un tigre, y no hay nada que darle. Así empieza a hacerse una rutina dejar de comer una vez, para solventar esa situación.  Vemos a la gente cada vez más delgada, con cada vez menos excepciones a esta pérdida de peso involuntaria.

Ese ir por la misma ruta tiene muchas maneras de ser analizado y comprendido. De ser interpretado y de aceptado. El hecho es que nos gusta comer. Además hacerlo por necesidad, también comemos por placer. ¿Cuándo se vuelve rutina? ¿Cómo hacer para que siga siendo un momento supremo? En primer lugar, debemos tener seguridad alimentaria en su completo significado —posibilidad y acceso incluidos—. Así es probable que comer sea un acto rutinario. Hoy hay importantes tendencias culinarias que buscan cada vez más hacer de esa rutina de ir a la mesa un acto trascendente e inolvidable, cuyo recuerdo prevalezca por décadas.

De eso trata esto: de hacer trascendente un acto rutinario. Sin imitar para nada a cierta gente que comen con buen diente pero quieren que los demás padezcan hambre. Así, la comida puede parecer un momento especial, y por lo tanto trascendente. ¿Qué hacer? Comer, rutinariamente, y dejar la trascendencia de la comida para aquellos momentos especiales: la Navidad —así como otras festividades religiosas— y el Año Nuevo, las bodas, bautizos, cumpleaños,   primeras comuniones, graduaciones y premiaciones. ¿Será lo más lógico dejar para determinados eventos ese momento supremo de comer? No hay acuerdo al respecto, sí mucho que reflexionar. Hacer de la comida un acto rutinario, en ese sentido de no reconocer los cambios, parece muy negativo. Transformarlo en trascendente, como en la Comunión, parece más lógico y adecuado. Cuando no se puede con facilidad la cuestión se complica. Seguiremos reflexionando.