Durante más de un año el mundo se ha tenido que confinar, en mayor o en menor medida en distintos momentos, debido a la pandemia del COVID-19. Esta medida para contener la propagación del virus ha producido grandes presiones sobre los sistemas alimentarios. Menos productividad, mayor dificultad para transportar los productos, o dificultad para comercializar los productos debido a que las personas están encerradas. Hay menos productos disponibles, lo cual ha supuesto en algunos casos el aumento de los precios. Pero las personas, que han tenido que ser confinadas y en muchos casos han dejado de trabajar, han perdido fuentes de ingresos. Otra cuestión a tomar en cuenta es el hecho de que la malnutrición, incluida la obesidad, son factores de vulnerabilidad ante el COVID-19. Esto pone de manifiesto la estrechez en la relación entre el COVID-19 y la seguridad alimentaria y la buena nutrición.

Entre 83 y 132 millones de personas han caído en el umbral de la pobreza, generando hambre, según estimaciones de la FAO. Pero esta dinámica tampoco es que sea algo exclusivo de los tiempos de la pandemia. La FAO advierte que entre 2014 y 2019, unas 60 millones de personas cayeron en la inseguridad alimentaria. La situación anterior al COVID-19 en la que había mucha desigualdad fue exacerbada por la pandemia. El documento de la FAO titulado “Los efectos de la COVID-19 en la seguridad alimentaria y la nutrición: elaboración de respuestas eficaces en materia de políticas para abordar la pandemia del hambre y la malnutrición” incluso relata que los esfuerzos por alcanzar el Obejtivo del Desarrollo Sostenible número dos (poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y que la agricultura sea sostenible) se han debilitado.

En el estudio se señala primordialmente que las dinámicas de la pandemia han generado una perturbación en las cadenas de suministro y los sistemas alimentarios. El coronavirus trajo consigo medidas de confinamiento, lo cual a su vez trajo una recesión económica, el refuerzo de la desigualdad, perturbaciones en la cadena de suministro, y debilitamiento de los programas de protección social. Todo ello además trae consigo efectos desiguales sobre los precios de los alimentos, cambios en la producción, y alteración de los entornos alimentarios. Todo ello además retroalimenta y refuerza la ya mencionada profundización de las desigualdades y trae consigo, además, un aumento de la pobreza y de la seguridad alimentaria.

Además, el documento que contiene el estudio también hace recomendaciones. Transformar los sitemas alimentarios para que no se centren en el aumento de suministro por la vía de la producción especializada ni en las exportaciones, para que se puedan diversificar los sistemas alimentarios, al tiempo que se empoderan a los grupos marginados y vulnerables, y se promueva la sostenibilidad desde la producción hasta el consumo. Otra transformación que pide el documento es políticas orientadas al reconocimiento de los vínculos que hay entre los sistemas alimentarios, los sistemas económicos y los sistemas ecológicos. La pandemia ha puesto de manifiesto que, por ejemplo, la zoonósis (salto de un virus entre especies) ocurre si no se trabaja de forma sostenible e higiénica. Una catástrofe ecológica ha supuesto males económicos y alimentarios.

 Una mayor comprensión de las interacciones complejas de diferentes formas de malnutrición también será necesaria, de acuerdo al documento de la FAO. Estas interacciones concurren dentro de sociedad, y no sólo implican hambre y desnutrición, sino también obesidad y deficiencias de micronutrientes. Queda claro que quienes padecen algún tipo de malnutrición, son más vulnerables al COVID-19.

 Por último, se debe hacer un esfuerzo para que las políticas alimentarias sean flexibles y tomen en cuenta la diversidad de contextos que existen. La repercusión que tiene la pandemia sobre la seguridad alimentaria varía según las poblaciones y grupos de personas. Por eso, hay que incluir efectos variables para trabajadores del sistema alimentario, agricultores según el país y el tipo de cultivo, efectos diferenciados por razón de género, y las poblaciones que se encuentran en un contexto de crisis.