Unos conceptos altamente relacionados entre sí y que están enmarcados dentro de la seguridad alimentaria son los de hambre, malnutrición y pobreza. Sabemos que la pobreza puede ser la causa de hambre y malnutrición. Pero conviene entender que una situación de hambre y malnutrición puede exacerbar una de pobreza, haciendo de la situación un posible bucle que se retroalimenta si no se ataja a tiempo.

El hambre hay que entenderla como una sensación, que es incómoda y dolorosa, generada por la falta de consumo de energía a través de alimentos. El hambre es consecuencia de la inseguridad alimentaria, aunque no siempre la inseguridad alimentaria deriva en hambre. La malnutrición también puede ser consecuencia de una falta de seguridad en materia de nutrición y alimentación.

La malnutrición es producto de deficiencias, excesos o desequilibrios en el consumo de macronutrientes o micronutrientes. La malnutrición puede ser producto de la inseguridad alimentaria, pero también puede ser producto de un deficiente cuidado de la niñez, o factores de medio ambiente.

La pobreza, entonces, puede entenderse como una causa del hambre y malnutrición. Pero no hay que subestimar la capacidad del hambre y la malnutrición de agravar la pobreza. Es una situación que puede ser visualizada como un ciclo vicioso. Allí la pobreza, el hambre, la malnutrición y la baja productividad se van agravando mutuamente, requiriendo así de intervención del Estado y las instituciones para corregir esta situación.

Sí se quiere atajar a largo plazo ese círculo vicioso de pobreza, hambre y malnutrición, deben articularse medidas que por un lado permitan el desarrollo económico —combatiendo así la pobreza— y al mismo tiempo garanticen la producción, abastecimiento y acceso de alimentos variados (lo cual combate el hambre y la malnutrición).

Como es en muchos casos en materia de política pública de salud, una visión global de las diferentes problemáticas ayudarán a resolver el problema que se busca solventar.