¿Quién lo diría? ¿ Se trastornó el mundo en Venezuela?. Los padres pasamos a ser hijos, los hijos pasaron a ser padres. Cualquiera puede afirmar que son las cosas de la vida, que eso es lo natural. Sin embargo, no es totalmente de esta manera. No debería ser así. Se trata de una circunstancia novedosa. Es una medida del atraso y de la pauta que marca éste régimen del socialismo del siglo XXI. Muchos padres dependen de los hijos, muchos más de los que lo confiesan: bastante se sienten avergonzados por ese suceso.


Ciertamente, por ley de vida a los de la tercera edad, no nos queda otra que pasar a ser cuidados por los hijos. Será esa ley de causa y efecto: primero eres el niño pequeño que depende de un todo de los padres, y cuando los padres nos volvemos viejos, pues ni modo, pasamos a ser cuidados por los hijos. Sin embargo, esto va más allá de lo previsto. Se trata de la manutención plena por parte de los hijos, causada por las penurias diarias —especialmente lo que se refiere a la alimentación y las medicinas— que se afrontan en el país. En efecto, por diferentes factores específicos del modelo político que se ha pretendido instaurar, la economía venezolana se deterioró tanto que estamos al final en cualquier ranking que mida la economía y la prosperidad de los países (Se nos compara con Haití, después de haber sido un país de grandes oportunidades). Varias son las causas para que haya ocurrido esta transformación: la destrucción de la industria petrolera, en primer lugar; de las empresas básicas, (hierro y aluminio), en el segundo; y en el tercero, el desastre de la agricultura, la falta de gasolina, la hiperinflación y el remate las sucesivas devaluaciones —hechas sin las medidas que deberían acompañarlas— entre otros dolorosos aspectos.


Al observar los datos recabados por el Observatorio Venezolano de Salud (OVSAN) y otros elementos tomados del boletín informativo, La Ceiba, no queda más opción que sentirse horrorizado. Según ambas instancias, la población venezolana de la tercera edad en un 86% es pobre; un 42% señaló que “tuvo que reducir las porciones de comida” para rendir el salario. Mientras, un 20% aseguró comer carne solo cada 15 días. Y un 9% explicó que no le alcanza lo que recibe para cubrir sus requerimientos. Si se piensa que el salario base es de tres dólares mensuales y la canasta alimentaria está rondado los 300$ mensuales, podemos imaginarnos el sacrificio de la gente y los innumerables trabajos que deben afrontar para lograr darle a sus familias lo que les corresponde para mantenerse saludables y con posibilidades de trabajar. Los datos son atemorizantes, sobre todo al pensar en la población infantil que seguramente saldrá desfavorecida en esta situación. De allí que las remesas enviadas por quienes viven en el exterior —porque han emigrado en busca de mejores condiciones de vida— resulten tan imprescindibles. Para algunos, son una bendición para la sobrevivencia.


Se detecta que la población en los estados centrales pasa mucho trabajo para conseguir los alimentos y las vituallas para el consumo diario. Así, en el estado Guárico —un estado que era por excelencia agrícola y pecuario—el 89% de los habitantes reconoce que recibe remesas del exterior. Casi siempre son de los hijos, algunos profesionales y otros no, que han emigrado para ayudar al resto de la familia que se quedó aquí. Por otra parte, queda establecido que la mayoría de los migrantes de este estado están en América Latina. Un 38% de las remesas provienen de Perú, mientras un 25% llegan de Colombia y un 13% de Chile. Todavía falta por conocerse de dónde proviene el 13 % restante que hace llegar remesas. Por eso, bendita sean las remesas que permiten a los habitantes más pobres, y a los que se han empobrecido, subsistir medianamente en este desastre en que se volvió el país. Confiemos en que podrán seguir enviándolas para el bien de todos.