El hambre es un fenómeno que se ha estudiado mucho, y que conviene tener muy en cuenta a la hora de diseñar políticas en materia de seguridad alimentaria. El concepto de hambruna también se usa en este contexto, pero es menos conocido en la opinión pública. Dado que ambos se dan en el contexto de la seguridad alimentaria, conviene hacer una aclaratoria en ambos casos.

El hambre significa que hay escasez de alimentos, lo cual causa una miseria generalizada. Podemos hablar de una situación en la que la población siente los efectos psicológicos y biológicos por la escasez de alimentos y por ello aumenta la miseria. Una hambruna se produce cuando una sucesión de eventos y procesos hacen que disminuya considerablemente la disponibilidad de alimentos y el derecho a una alimentación digna, lo cual trae consigo una alta tasa de enfermedades (morbilidad) y de mortalidad.

Evitar el hambre y las hambrunas es el fin último de la alimentación entendida como un derecho fundamental. Que las personas puedan “poner comida en la mesa” de la casa es uno de los principales objetivos del accionar político, cuando está entendido en su dimensión de servir a los ciudadanos.

Cuando se tiene todo lo anterior en cuenta, se puede entender que la seguridad alimentaria es vital para un país. No se puede dejar de lado el diseño de políticas que toman en especial consideración este tema, y que al mismo tiempo la seguridad alimentaria es tan amplia que debe incluir cuestiones como educación, economía, apoyo y supervisión a la industria, y —obviamente— salud y bienestar.

Venezuela es un país con alto riesgo de padecer los efectos del hambre generalizada, y hambrunas. En primer lugar, muchos de los alimentos son importados. Lo que implica que si el país exportador sufre un acontecimiento que limita su producción, Venezuela sufrirá los efectos de ello. En segundo lugar, Venezuela ha demostrado que no puede suplir una escasez con producción propia o con inventario (alimentos u otro tipo de productos). Y en tercer lugar, la situación económica de Venezuela, en la que un porcentaje mayoritario de la población se encuentra por debajo de la línea de la pobreza, y los que se encuentran por encima de ella sienten los efectos de la hiperinflación, que hace que estén a una situación médica o la pérdida del empleo de tener que elegir entre pagar cuentas y poder acceder a alimentos. El problema del hambre y las hambrunas debe ser encarado desde una perspectiva global. Hay que garantizar la soberanía en este ámbito, permitiendo las condiciones para que se desarrolle la industria, la agricultura y la ganadería; permitiendo al país en cuestión ser productivo en materia alimentaria. También es necesaria la puesta en práctica de políticas de desarrollo económico para luchar contra la pobreza y que los sectores de la población que se consideran como vulnerables puedan acceder a alimentos, o directamente dejar la condición de vulnerabilidad. En tercer lugar, la planificación para aliviar situaciones de crisis coyunturales —como puede ser una sequía— ayudarán para que se puedan evitar situaciones de hambruna.