La realidad de la seguridad alimentaria es que es de naturaleza dinámica, y puede cambiar de un momento a otro. Estos cambios pueden afectar de forma negativa y desproporcionada a unos sectores de la población —que se consideran vulnerables— por encima de otros. Y es por ello que la vulnerabilidad, aunque se use libremente en la opinión pública como término para llevar la atención a un problema o a una política que se busque implementar, como concepto de seguridad alimentaria está regido por cuestiones técnicas concretas.

La vulnerabilidad en materia de alimentación contiene tres dimensiones que la guían:

  1. La vulnerabilidad como resultado directo, es decir, una política deficiente genera la vulnerabilidad,
  2. La vulnerabilidad como una combinación de factores que generan riesgo,
  3. La vulnerabilidad resultante por la incapacidad de manejar los riesgos.

Esto quiere decir que las personas u hogares pueden tener un nivel aceptable de seguridad alimentaria en el presente, pero una circunstancia futura puede perfectamente hacer que se padezca de inseguridad alimentaria. Ésta es la vulnerabilidad. La incertidumbre de que por más que se esté en un estado de seguridad alimentaria, éste pueda esfumarse en un futuro. Por ello, se debe mitigar la vulnerabilidad.

Un ejemplo de una situación de vulnerabilidad tiene que ver con los cambios de las condiciones meteorológicas, que generan una merma en la producción. Una zona que tiene sequías cíclicas es un factor de vulnerabilidad, y que si no se maneja bien este riesgo, puede generar inseguridad alimentaria. Otro ejemplo muy claro es el de la pobreza, ya que puede ser un resultado directo (no alcanzan los ingresos para comprar la comida), o se está a tan sólo de una pérdida del empleo de caer en la inseguridad alimentaria.

¿Se puede estar en un estado de vulnerabilidad alimentaria y nutricional del 0%? No. Pero las vulnerabilidades se pueden mitigar en la medida en que haya una planificación correcta y políticas públicas de salud que estén orientadas a servir a la ciudadanía y basadas en preceptos técnicos adecuados.

La intervención para reducir la vulnerabilidad pueden estar centradas en dos opciones: una, reducir la exposición al peligro, y dos, fortalecer la capacidad de respuesta ante situaciones impredecibles. Ambas formas de intervención están intrínsecamente vinculadas a la planificación y la reducción de la incertidumbre.

La importancia del concepto de vulnerabilidad (nuevamente, con sus preceptos técnicos relacionados a la seguridad alimentaria), es que permite actuar no sólo en materia de consumo de alimentos, sino también en la consolidación y planficación de acciones que permitan enfrentar amenazas futuras que impiden ése consumo de alimentos tan importantes para el desarrollo humano.